A simple vista parece una cuestión poco importante, pero en realidad es un dilema que tienen muchas personas al momento de escoger entre el muslo o la pechuga de pollo, el criterio de la preferencia por uno o por el otro, es muy personal.

La pechuga es una carne más magra (es decir, que tiene un porcentaje mínimo en grasa), por ejemplo, un filete de 100 gr. solamente posee de 1 a 2 gr. de grasa, eso hace que sea una pieza menos gustosa, sin embargo, muchos la prefieren por la apariencia de su carne (que es más blanquecina) y por su practicidad al comerla, además es una pieza ideal para las dietas.

Por otro lado, el muslo es más gustoso, más jugoso y aporta más hierro y colágeno que la pechuga, esto se debe a que es más grasoso; por ejemplo un filete de 100 gr. de muslo de pollo posee 4 gr. de grasa. Otra característica es que el muslo está más cerca del hueso y tiene una inmensa ventaja: está en la mejor posición para absorber suculentos sabores, los mismos que enriquecen caldos y fondos de carne.

La carne de los muslos, a pesar de ser muy gustosa, es la menos atractiva, suele ser más oscura y a pesar del tiempo de cocción se notan partes rojizas como si estuviera cruda, esto se debe a que los huesos del pollo contienen hemoglobina (el pigmento rojo de la sangre) y a veces esta proteína exuda del hueso después de la cocción.

La hemoglobina es una sustancia totalmente comestible. Si el cocinero se alarma y por desconocimiento cree que el pollo sigue crudo y lo devuelve al horno, estará excediéndose en la cocción y conseguirá endurecer y resecar innecesariamente el alimento.

Confía en el tiempo de cocción establecido en la receta que sigues, pues ya sabes a qué se debe el color rojizo que puedes ver en tu preparación.